
Ahhh!, exclamó Dionisio Reyes cuando su prima le transmitió la noticia. Hace tanto que había querido escucharla, desde que salió de aquella estación del metro en una fría mañana de verano. Ese libro que siempre había querido comprar ya no estaba en el estante de siempre, simplemente ya no estaba. El ratón salió a fumar pero cayó del edificio, nunca sospechó que su amante lo traicionaría de aquella forma, vivió y murió engañado, dulcemente ciego.
Amén, benditas sean las cintas de vídeo que decoran la caja envuelta en papel estraza mientras esta era destrozada por las garras frenéticas del infante entusiasmado, con esa mirada de locura compulsiva y exhibiendo las encías cubiertas de una delgada capa de saliva. Era navidad, casi tres años después el obeso nórdico vestido sangre murió atropellado por las palabras vengativas de una tía insensible. Mirada compulsiva muta a desilusión, humedad en las encías muda a los ojos y colapsa sin sonidos. vive como debía vivir, crece, no se reproduce y muere envolviendo una caja con papel estraza y cintas de vídeo.